—Pues bien, sí—dijo el aya con voz casi ininteligible.

Mathys abrió los brazos y lanzó un grito; pero la viuda se alzó de un salto de su silla, y con una mirada, que la indignación y el miedo hacían irresistible, exclamó:

—Señor, señor, no ofendáis mi dignidad de mujer. Si queréis convencerme de que realmente me amáis, respetad al menos vuestro amor por mí.

—Tenéis razón, Marta; la felicidad me hace perder la cabeza—murmuró el intendente, dominado y casi desconcertado—. Volvamos a sentarnos y escuchadme. Hacéis mal en asustaros por la demostración primera de mi amor sincero, y vais a reconocerlo inmediatamente. Oídme, querida amiga; hace quince años que soy intendente de la condesa de Bruinsteen, he ganado bastante dinero y gastado poco. He reunido una pequeña fortuna, y puedo hacer independiente y feliz a la mujer que elija por compañera. Mi corazón es joven, mi salud es buena y estoy lleno de vida. Vuestro dulce lenguaje, vuestras maneras honestas, algo inexplicable, el encanto misterioso de vuestros ojos... ¡Ay, ay! me estoy poniendo hablador... Bueno, bueno, ya sospecháis lo que os quiero decir, Marta. Consentís con alegría, ¿verdad? Vuestra vacilación... Pero, ¿acaso no me comprendéis?

—No me atrevo a comprenderos, señor—respondió el aya—. Un favor, un honor semejante para una pobre sirvienta...

—Me habéis comprendido, Marta. Pues bien, hablaré claramente. ¿Queréis ser mi mujer y compartir mi fortuna? Dadme la mano y no agreguemos nada más.

Marta puso su mano en la suya.

—Estáis conmovida, tembláis—exclamó alegremente Mathys—. Es natural, yo mismo tiemblo de alegría. Calmaos ahora, Marta, que todo ha concluído. No me agradezcáis, querida amiga, que os ofrezca una existencia libre y exenta de inquietudes, porque vos me aportáis todo lo que un hombre necesita para ser feliz. Estamos, pues, a mano. Hay personas que van a tratar de impedir nuestro casamiento; no les dejemos tiempo para que nos susciten serios obstáculos.

—¡Sí, la condesa!—dijo el aya suspirando—. Me echará del castillo así que sepa lo que acabáis de decirme.

—¡Echaros!—exclamó el intendente con una sonrisa de desprecio—. La condesa se pondrá furiosa y os injuriará probablemente; pero no temáis nada; haga y diga lo que quiera, tendrá que someterse a mi voluntad. Poseo medios infalibles para vencer su resistencia.