—Nada de eso, querida Marta, estáis equivocada. El asunto de que habláis no puede tener influencia sobre nuestro afecto recíproco ni afectar en nada mi lealtad.

—¿Por qué ese interés en ocultarme esa razón con tanto empeño?

—Hay cosas que no pueden decirse—murmuró Mathys—, sobre todo cuando carecen de interés para aquella que... que desea conocerlas.

—¿Entonces es un secreto?—exclamó el aya—. Un secreto entre vos y yo... ya.

—Pues bien, sí, es un secreto—respondió Mathys—. Mi honor, y, por consiguiente el vuestro, Marta, puede depender de la menor indiscreción a ese respecto.

—¡Oh! tranquilizadme, señor, disipad esta duda de mi espíritu, acordadme esa prueba de vuestro amor.

—No, Marta, sólo mi mujer puede tener el mismo interés que yo en guardar este secreto.

La viuda juntó ambas manos y suspiró acariciándolo con la mirada, y palpitando de emoción:

—¡Mathys, Mathys, os lo ruego, os lo suplico!

—El día de nuestro casamiento conoceréis el secreto, antes no. Tengo que permanecer inflexible por grande que sea la emoción que experimento bajo vuestra mirada... Pero, ¿qué es lo que oigo? Esa voz que se oye abajo... ¡Es la condesa! Se ha vuelto a toda prisa, furiosa sin duda de que la haya engañado. Tengo que irme, Marta. Cuando esta causa de mal humor haya pasado, le anunciaré nuestro casamiento. Estáis de nuevo temblando, calmaos. Si la señora llega a venir y os interroga decidle que os he reprendido. Eso la alegrará. ¡Adiós! La condesa anda gritando como una loca; me busca. Más tarde hablaremos de los medios de apresurar nuestro casamiento.