Marta lo siguió y acompañó hasta la puerta; pero, habiendo pasado un brusco capricho por el espíritu del intendente, se volvió y tomó a Marta en los brazos. El aya dió un salto hacia atrás dando un grito, y Mathys salió de la pieza echándose a reír.
La viuda se dejó caer en una silla y se puso a llorar de vergüenza y de dolor. De cuando en cuando alzaba los ojos al cielo. No le dejaron tiempo, sin embargo, de aliviar el corazón. La condesa entró bruscamente en el cuarto y echando a todas partes miradas furibundas, se puso a gritar:
—¿Dónde está el intendente? Os pregunto, ¿dónde está el intendente? ¿No me oís acaso, insolente?
—Estaba aquí hace un momento, señora—respondió Marta.
—¿A dónde ha ido?
—No lo sé, señora.
—¿Qué significan, veamos, esas lágrimas y esa palidez?
—Me ha retado, señora.
—¡Os ha retado! ¿y por eso lloráis?—exclamó la condesa dulcificando el tono—, ¿os ha maltratado acaso?
—Me ha dicho palabras que me han afectado mucho.