—Es un hombre falso y cruel, ¿verdad?

—Sí, señora, es un hombre falso y cruel.

—¡Bah! no reparéis en sus maneras brutales. Ahora lo voy a arreglar yo a ese insolente... Burlarse de mí, hacerme ir hasta la granja grande por un motivo ridículo... Vamos, Marta, consolaos, más vale que él os maltrate a que quiera engañaros con su falsa amistad. Secad vuestras lágrimas e id a pasear al jardín.

—Señora—dijo el aya cuya atención se había despertado al oír estas últimas palabras—, desearía ir hasta la casa de Catalina, la mujer del guardabosque. Eso me consolaría un poco en medio de mi desgracia.

—No hay ningún inconveniente para negaros esa distracción, Marat, pero preferiría que, desde mañana, permanecierais más tiempo en el jardín con Elena; me desagrada el tener que llamaros como ayer casi al caer la noche. Mirad, llevad a Elena a casa del guardabosque. Catalina es una mujer prudente. Colocad a la loca en un rincón y cuando hayáis conversado con vuestra amiga, volveos al jardín; pero tened cuidado de no perder de vista a Elena ni un solo instante.

—Ni un instante, señora.

—¿De modo que no sabéis dónde está el intendente?

—No, señora, se marchó corriendo en cuando sintió vuestra voz abajo.

—¡Qué cobarde! se habrá ido a esconder, pero lo encontraré. Tengo que averiguar por qué se ha burlado de mí.

Dichas estas palabras, salió renegando, y se alejó rápidamente.