Esta conversación le devolvió a la viuda las fuerzas necesarias para dominar los impulsos de su corazón. ¿Tenía, en efecto, un gran deseo de ver a Catalina? ¿O más bien deseaba alejarse de la casa para evitar en lo posible una entrevista con el intendente? Reflexionó un instante, se secó los ojos y las mejillas y abrió la puerta del cuarto de Elena.

—Querida niña, guarda tu libro—le dijo—. Vamos a ir a pasear. Tu madre nos ha dado permiso para ir hasta la casa de Catalina.

La joven se puso de pie rápidamente y, como si aquella sonrisa la colmase de felicidad, unió sus manos; pero inmediatamente las dejó caer y quedó inmóvil; luego le preguntó a su aya:

—Marta, ¿qué os ha sucedido? Tenéis los ojos colorados. ¡Si habéis llorado!

—No ha sido nada, mi buena Elena, el intendente me reprendió.

—¡Ah! Dios mío, ¿os maltrató como a mí?

—No, no; de palabra, de palabra solamente. Te asustas sin motivo. Apúrate; tu chal. ¡Está el tiempo más hermoso!

La joven estaba acostumbrada, desde hacía tiempo, a obedecer sin replicar, y a no insistir nunca cuando el aya le expresaba el deseo de no ser interrogada. Estaba convencida de que Marta le ocultaba muchos secretos; pero creía que de eso dependía la permanencia en Orsdael, de su protectora. Se preparó silenciosa y luego siguió al aya.

Al llegar a la puerta del castillo trató de consolar a Marta, diciéndole palabras alegres; pero viendo que estaba absorta en sus pensamientos melancólicos, caminó silenciosamente a su lado.

La casa del guarda estaba abierta; no había nadie en ella; pero después de buscar algún tiempo vieron a Catalina, ocupada en arrancar las malas hierbas en el jardín.