—¡Federico! ¡Ah, Federico! idos, apartaos de este sitio.

—¡Silencio, silencio, os lo ruego! No me privéis de este instante de felicidad—murmuró.

—No, no; es preciso que os hable, cueste lo que cueste.

—¡Ay!—suspiró la joven—, mi madre despidió a Rosalía porque vos me hablasteis. Si Marta, mi protectora, me fuera quitada, me moriría de pena.

—No es lo mismo; por otra parte el destino lo quiere; no hay que vacilar. Vamos, querida mía, calmaos; sentaos en el banco; así será menos fácil que nos vean.

Tomó a la joven de la mano y la condujo al banco a pesar de las súplicas y de la resistencia de ella. Una vez sentado junto a la joven, prosiguió:

—Elena, he estado enfermo en Bruselas, en peligro de morir; tranquilizaos, no tembléis así.

—En peligro de morir—repitió la joven—. ¡Oh! era por eso que mi corazón estaba lleno de temores y que lloraba cuando pensaba en vos...

—Gracias, Elena, por vuestro recuerdo. ¿De modo que no me habéis olvidado?

—¿Olvidado, Federico? Vos y Marta sois las únicas criaturas que me habéis amado en la tierra.