El joven meneó la cabeza, y dijo precipitadamente:

—No tenemos tiempo para cambiar palabras dulces. Decidme, Elena, ¿de dónde procede vuestra aya?

—De Bruselas, Federico.

—¿Cuál es su apellido?

—Se llama Marta, Marta Sweerts.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿No es una parienta del conde, vuestro finado padre? ¿No es vuestra prima o tía?

—No.

—¿No ha sido mandada por alguien de vuestra familia para protegeros?