—No lo creo.

—¿No lo creéis, no lo sabéis?—murmuró Federico con decepción—. ¿La presencia de esa mujer oculta acaso un secreto?

—Sí, sí, muchos secretos; pero no intentéis penetrarlos, tal vez de ellos dependa mi felicidad.

—¿Vuestra felicidad? ¿Estáis bien cierta de que esa mujer sea sincera?

—¡Oh! amigo mío; esa duda es una gran injusticia. ¡Sospechar de Marta, un ángel de generosidad y compasión!

—¿Estáis cierta? ¿No finge? Entonces, Elena, debe ser sin duda de la familia de vuestro padre, porque sólo la voz de la sangre puede inspirar palabras y sentimientos como los que ha expresado delante de mí. Y si no supiera que sois la hija de la condesa de Bruinsteen dudaría de que fuera ésta, y no Marta, vuestra Marta...

—Sí, sí—exclamó la joven con orgullosa alegría—, ¡es mi madre por el alma, por el corazón! ¡Ah, Federico, qué felices deben ser los hijos que tengan una madre así!

—¿Y no os ha dicho por qué os quiere de una manera tan sorprendente, ni quién pueda haberla mandado para consolaros o defenderos?

—¡Ah, Federico! Marta cuenta a ese respecto cosas extrañas. ¿Sabéis quién la ha enviado a mí? Un hombre que hace cerca de veinte años que está en el cielo. Un héroe, un oficial de húsares, condecorado con la cruz de honor.

—¡Un oficial de húsares!—exclamó el joven.