—Sí, un oficial de húsares, que me quería antes que yo naciese.
—¡Ah! ahí está el secreto, seguid hablando, Elena.
—Pues bien, fué él quien la mandó hacia aquí; y cuando Marta ruega por mí se le aparece a menudo, y siempre le ordena que me quiera mucho. Es singular, no lo comprendo, pero es cierto, porque lo dice Marta, y lo que ella dice...
Una grosera carcajada vino a interrumpirles.
Un hombre que estaba en la abertura de la cerca y que extendía el puño hacia ellos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Ah, ah, bribona, estás otra vez ahí! Corro en busca de la condesa para hacerle saber lo que pasa aquí. Esta vez te va a salir mal.
Elena se puso vivamente de pie, azorada por aquella amenaza, y huyó hacia la casa dando gritos agudos. Federico trató de calmarla; pero viendo que no lo escuchaba, pasó por la abertura y desapareció tras de la cerca.
—¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?—exclamaron a un mismo tiempo la viuda y la campesina, que habían acudido al jardín—. ¿Quién ha hablado de la condesa en voz tan alta y amenazadora?
—¡Ah, Marta, querida Marta, perdóname!—suplicó la joven asustada echando los brazos al cuello de su aya y poniéndose a llorar sobre su pecho—. He hecho mal. Seréis despedida, y yo moriré de pena y de dolor.
—No, no; tranquilízate, querida Elena—dijo la viuda prodigándole sus caricias para calmarla—. Habla. ¿Qué ha sucedido?