—Federico, Federico estuvo en el jardín...
—¡Ah, Dios mío!—exclamaron las dos mujeres—. ¿Federico estuvo con vos en el jardín?
—Sí, yo quería llamaros; pero me pidió tanto que no lo hiciera. No tuve el valor de hacerlo. Sus ojos, su voz... Mientras que yo lo oía en un culpable abandono de mí misma, el peón jardinero se acercó a la abertura del cerco. Vió a Federico y corrió al castillo para avisárselo a mi madre. ¡Ay, mi buena Marta! lo que yo tendré que sufrir no es nada, me lo merezco; pero vos... Sostenedme, no puedo más, mis fuerzas me abandonan.
El aya oprimió a la joven contra su pecho, y la besó con ternura, murmurando a su oído palabras de consuelo.
—Ven, Elena—dijo la viuda tomándola del brazo—, no podemos permanecer aquí. Tu madre estará aun más irritada si no nos viera regresar inmediatamente.
Antes de salir de la casa del guardabosque, Catalina tomó la mano a la viuda y le dijo:
—Marta, sois la hija de un soldado. Veo lo que pasa en vuestro corazón y admiro vuestro valor. El señor Mathys os defenderá a las dos de las crueldades de la condesa. Id a buscarlo en seguida, llamadlo en vuestro auxilio; él será vuestro protector.
Cuando la viuda y la jovencita se vieron en el camino del castillo se pusieron a caminar a toda prisa; y volvieron a cambiar entrecortadas frases. Elena suplicaba a su aya le perdonara lo que ella llamaba su culpable olvido de sí misma, y deploraba de antemano la pérdida de su generosa protectora; Marta, aunque medio muerta de inquietud, ocultaba su emoción para calmar la desesperación de su hija; y darle el valor necesario para soportar el cruel castigo que sin duda la esperaba.
Vieron a la vieja cocinera que acudía hacia ella con el peón jardinero. Este último, cuando estuvieron cerca, le gritó a Marta con altanería:
—Señora, dadle las llaves del cuarto alto a Mariana; la condesa lo manda. Y no resistáis a su orden, porque si no, recurriré a la violencia para quitaros las llaves. Os está prohibido subir.