Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la condesa.
—¿Cómo?—exclamó—, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el justo castigo de su maldad?
—¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.
—Acabaréis de una vez—gritó la señora de Bruinsteen—. Ya habéis dicho vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?
Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y permaneció un instante aturdida.
La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió a la viuda la conciencia de su posición.
—Vamos—gritó la condesa—, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?
Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada, deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y como petrificada delante del castillo:
Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.
—Ya sé lo que ha pasado—exclamó—. Catalina me lo ha contado todo. Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?