—Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir siquiera a buscar mi ropa.

—Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.

—No me atrevo—dijo la viuda con verdadero miedo—; me haría echar a la calle por los sirvientes.

Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:

—¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente. Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga, es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada, cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.

—No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites—exclamó la viuda.

—Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su brutalidad.

—No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.

—Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme. Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.

El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.