Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.

El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas. Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas humillaciones y los más crueles sufrimientos.

Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.

La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia. Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se debilitaron...

De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud oía casi todo lo que decía Mathys.

—¡Ja, ja!—gritaba burlonamente—. ¿Conque también me echaréis a mí? Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no, la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice, vuestro instrumento, pero para vengarme...

Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado con su vida iba probablemente a serle revelado.

Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.

Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.

—¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con tanta inquietud? ¿Hablan de vos?