—Sí, sí, de mí—murmuró la viuda.
—No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo que haya pasado, ¿verdad?
La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente, Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la cocinera estaba todavía en la escalera.
—¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?
--- Me echan—balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo que la cocinera le preguntaba.
—Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.
—¿La señorita?—preguntó Marta—. ¿Cómo se siente? Está muy afligida, ¿verdad?
—¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el corazón de piedra.
—Teme que la maltraten, ¿no es cierto?
—No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño; hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos, demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no sabe lo que dice ni lo que hace.