—Hasta dentro de tres días.

—¡Oh, gracias, gracias!

Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a la sirvienta que lo había seguido:

—Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron alegremente:

—¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me separaré de ti mientras viva!

IV

La señorita de Bruinsteen estaba sentada delante de una mesa y copiaba pasajes de un libro. Por grande que fuera la atención que pusiera en su trabajo, de cuando en cuando volvía la cabeza para dirigir una triste sonrisa a su aya, que, sentada junto a la pared y con los ojos entornados, parecía sumida en sombríos pensamientos.

Un silencio completo reinaba en el cuarto; los rayos del sol oblicuos y su débil claridad anunciaban el declinar del día.