—¿Y por qué ha de ir?

—Para retar y castigar a la señorita.

—Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.

—Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir de Orsdael.

—¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?—murmuró el intendente descontento—. Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se acerque a su hija.

Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con aire de cariño:

—Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella. ¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un momento la cabeza, y murmuró sonriendo:

—¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad tranquila, haré lo que deseáis.

—¿La condesa no irá a ver a la señorita?