—Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías, para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para estar seguros de tener una vida agradable.

—Pero, ¿a qué convento la mandarán?

—Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.

—¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una loca!

—No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes. Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de descansar de vuestras emociones.

—¡Oh! ¡No me atrevo!

—¿Por qué? ¿Qué teméis?

—A la condesa. Irá allí y me castigará.

—No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.

—Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de encontrarme con ella.