—Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra; podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.
—Preferiría seguir en Orsdael—dijo Marta que pensaba en su hija.
—Eso me agrada—replicó el intendente—; tanto más cuanto no seréis más sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.
—Y la señorita, ¿quién la cuidará?
—Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.
—¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?—balbuceó la viuda presa de una súbita ansiedad.
—Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.
—¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?
—Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no necesitando ya vuestros servicios?
—Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.