La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.
—¿Estáis distraída, Marta?—observó el intendente—. Decidme, querida amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un instante en celebrar nuestro casamiento?
—Sí, sí—replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente atraída por el cofre de hierro.
—¿Estáis mirando mis muebles?—preguntó alegremente el intendente—. Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa. Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos sillones, ¿no es cierto?
Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:
—Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin duda en el que guardáis las economías?
—Sin duda, y también papeles.
—¿Papeles? ¿Papeles preciosos?
—¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!—dijo Mathys vacilante—. ¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno quiere conservar?
—En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de antemano qué encierra ese cofre.