—Elena, es Mariana, la cocinera; tu madre me ordena que baje en seguida contigo.

—¿Mi madre nos llama?—exclamó la joven—. Dios mío, ¿qué irá a suceder?

La viuda no estaba menos asustada, pero se dominó, y dijo con aparente tranquilidad:

—¿Por qué palideces, pobrecilla? Yo voy contigo. No temas nada, no me apartaré de ti.

—¡Ay! no es por mí por quien tiemblo, querida Marta; es por vos que sufro tanto sin ser culpable. Mi madre puede castigarme cruelmente. Eso no es nada; pero, ¿y si se le ocurriera castigar mi falta en vos, en mi presencia?

—No, no; te estás agitando por un vano temor. Vamos, no podemos hacer esperar a tu madre. Ten calma y sígueme.

Marta bajó con la joven, y abrió la puerta de la sala. Un suspiro ahogado se le escapó. Vió sentado al lado de la condesa a un hombre vestido de negro, de una fisonomía fría y sonriente, cuya mirada le heló la sangre en las venas.

—Está bien—dijo con sequedad la condesa—. Dejad a la señorita con nosotros, cerrad la puerta, idos arriba y esperad allí mis órdenes... ¿No me comprendéis?

La viuda salió de la pieza, pero permaneció en el corredor. Sus piernas se negaban a alejarse de un sitio en que sin duda iba a decidirse la suerte de su hija y a pronunciarse una sentencia irrevocable. Un ruido en la cerradura le hizo temer que la condesa fuera a sorprenderla. Subió rápidamente la escalera y fué a refugiarse a su cuarto, donde se dejó caer sobre una silla, y escondió la cabeza entre las manos.

¿Quién era ese hombre vestido de negro? Probablemente un médico. ¿Qué iba a hacer a Orsdael, donde nadie estaba enfermo? ¿Por qué tenía que quedar solo con Elena? ¡La casa de sanidad! En efecto, la desgraciada madre lo sabía desde hacía tiempo; las leyes que protegen la libertad personal, no velan con la vigilancia necesaria la puerta del abismo, que se llama la casa de sanidad. La declaración de un solo médico basta para condenar a reclusión perpetua; y una vez encerrada la pobre víctima en esa tumba muda, ¿quién reconocería la fatal equivocación en un lugar tan atroz y tan extraordinario que hasta los gestos y las palabras de las personas razonables toman apariencias de locura? La viuda quedó como aplastada bajo el peso de tales pensamientos, hasta que el repiqueteo de la campanilla le dió la orden de bajar. Al pie de la escalera, vió que el visitante subía a un coche.