Cuando hubo abierto la puerta de la sala, la condesa le dijo con un tono y una expresión en que estallaba la alegría:

—Marta, acompañad a la señorita a su cuarto; cerrad cuidadosamente las puertas y volved pronto; tengo que hablaros de un asunto importante.

Elena lloraba y temblaba; parecía estar muy asustada; comenzaba a explicarse la causa de aquel miedo, cuando Marta le hizo comprender con una mirada imperiosa que debía reservar aquella confidencia para cuando estuviesen solas. Cuando llegaron al cuarto de Elena, Marta cerró las puertas y preguntó:

—¿Qué es lo que te ha sucedido, querida niña? Habla pronto, que tu madre me espera.

—¡Ay de mí! ¡Me mandan a un convento, lejos de aquí!—dijo sollozando la joven—. Huir de mi prisión, salir de Orsdael, sería un cielo; pero separarme de vos, Marta, me matará; ¡no puedo vivir sin vos!

—Ten valor y consuélate—dijo Marta sofocando su propia emoción—. En cualquier parte que estés, yo estaré siempre a tu lado. ¿Qué hizo y qué dijo el desconocido? Es preciso que yo lo sepa; pero apúrate, apúrate, que ya empieza a repicar la campanilla.

—El señor desconocido me tomó la mano; fijó largo rato sus ojos penetrantes en los míos, como si quisiera indagar con su mirada el fondo de mi alma. Mi corazón latía violentamente, mi espíritu se extraviaba, una nube me empañaba la vista.

—Pero, ¿qué te preguntó?

—Una porción de cosas extrañas e incomprensibles; en qué pienso, en qué sueño, si me agradaría jugar con otras señoritas o si me agradaría entrar en un convento para hacerme religiosa...

—Y tú, ¿qué le respondiste?