—No recuerdo, balbucí. Su mirada fija y profunda me quitaba toda conciencia de mí misma.
—Debieron sorprenderle mucho tus respuestas, ¿no es cierto?
—No, parecía muy satisfecho y meneaba la cabeza con aire aprobador; después se dirigió a la mesa y escribió algo sobre un gran papel.
—¡Oh Dios mío!—exclamó Marta, levantando las manos al cielo.
Elena la miró temblando; pero la viuda evitó la explicación, diciéndole, mientras se iba del cuarto:
—No temas, querida. Hay secretos que un día conocerás. Por ahora no tienes nada que temer. Vuelvo dentro de un momento.
—Sentaos, Marta—le dijo la condesa cuando ella hubo entrado a la sala—. Tengo muchos motivos para estar enojada con vos; pero quiero olvidar el pasado, sobre todo ahora que la única causa de mi cólera y dolor va a alejarse de Orsdael. Lo que voy a deciros os alegrará a vos también; es para vos como para mí una noticia feliz. Elena entra mañana en un convento, de manera que os veréis libre de su guarda, y podréis pasearos todo el día y hacer lo que queráis... ¿Por qué parecéis disgustada? yo creí que os iba a causar gran alegría.
Marta comprendía muy bien que debía fingir una gran satisfacción. Trató de sonreír a la vez que balbucía un agradecimiento; pero, a pesar de sus esfuerzos, podía leerse en su fisonomía una inquietud cruel.
—Me imagino que teméis perder vuestro empleo después de la partida de Elena; estáis equivocada, Marta; he convenido con Mathys que permaneceréis en Orsdael hasta vuestro casamiento, y aun después, si así lo queréis. Me agradaría mucho que hicierais esto último. Una vez que Elena no esté ante mi vista, y encerrada en un sitio seguro, yo no estaré ni apenada ni colérica. Me haréis compañía, y yo haré cuanto me sea posible para haceros agradable vuestra permanencia en mi castillo. Mi lenguaje os sorprende, ¿verdad? ¿No acostumbro a hablar tan amistosamente? Es que hoy me sucede una felicidad por la cual suspiraba desde hace mucho tiempo, como por la libertad de la esclavitud más dura. La loca era para mí una fuente de dolor y un peso tan penoso como el grillete de un presidiario. Me veo libre de esa cadena y respiro por vez primera a mi placer. La alegría vuelve bueno y amable.
Marta había tenido el tiempo necesario para recuperar su propio dominio.