Mientras la condesa hablaba, murmuró sonriendo algunas palabras de asentimiento, y se había armado de valor para averiguar lo que deseaba saber.

—¡Qué buena sois, señora!—dijo—. Entonces, ¿puedo quedar en Orsdael? ¿Sois tan generosa que me hagáis este favor? ¿Y no tendré que guardar más a la señorita? ¡Oh, cuánto os agradezco que me libréis de ese penoso servicio! Pero, ¿y si Elena no quiere seguir en el convento y vuelve aquí?... Es obcecada y no es posible tenerla siempre encerrada.

—No, no volverá—exclamó alegremente la condesa—. Va a entrar a un lugar del que no se sale nunca.

—Yo no me fiaría—dijo malignamente la viuda—. El señor de Bergams sabrá adónde está y le proporcionará los medios de salir del convento.

—¡Bah! Federico no lo sabrá; no lo sabremos más que yo y el intendente; en el sitio a que va las ventanas tienen estrechas rejas de hierro, por donde no se podría escapar ni un gato. ¡Ja! ¡Ja! ¿Por qué ocultaros lo que va a complaceros tanto como a mí? Escuchad; os lo voy a decir en confianza; pero no lo digáis a nadie, porque es preciso que todos crean realmente que Elena va a entrar a un convento para hacerse religiosa. De este modo se hablará menos de su desaparición.

—¡Cómo! ¿No va a entrar a un convento?

—Sí, va a entrar a un convento porque es una casa habitada y dirigida por religiosas.

La señora de Bruinsteen inclinó la cabeza sobre el hombro de la viuda y murmuró algo al oído:

—¿Vió usted a ese señor que estuvo aquí? Un señor que vino para juzgar la razón y la inteligencia de mi hija. Las cosas pasaron muy felizmente; Elena se mostró mucho más estúpida y loca de lo que realmente es; en seguida me firmó una declaración en que afirma que su cerebro se halla desequilibrado... y... ya os imaginaréis lo demás.

—¿El qué? ¿el qué, señora?... No comprendo—balbuceó Marta casi desfallecida.