—Es fácil de comprender, sin embargo: Elena va a entrar en una casa de sanidad.
Un grito penetrante se le escapó a la pobre viuda; pero se dominó en seguida y estalló en una carcajada.
—¿Y ese grito?—murmuró la condesa estupefacta.
—Es de alegría, señora, de alegría—dijo Marta—. Ahora me podré casar, vos seréis libre y feliz, estaréis libre de todo pesar. ¡Ah, qué satisfecha estoy! Menos por mí que por vos, que sois mi buena y generosa señora.
Engañada por estas halagadoras palabras, la condesa exclamó alegremente:
—Os creo, la victoria me ha causado a mí también una viva impresión. Desde que estoy cierta del triunfo, mi corazón se ha aliviado de un peso enorme. Es un verdadero martirio verse abrumada durante muchos años por una loca, que ha recibido de la naturaleza un carácter detestable, que no tiene más propósito que deshonrar mi nombre y arrancarme la vida.
—Sí, señora, es un martirio cruel para una madre verse obligada, después de tantos sufrimientos, a encerrar a su hija única en una casa de sanidad.
—¡Qué queréis, Marta; cuando no hay más remedio!...
—¿Va ir lejos de aquí?
—Sí, bastante lejos.