—Cuanto más lejos, mejor será para vos y para mí... De esta modo habrá menos peligro de que el señor de Bergams descubra su paradero. ¿La señorita irá, sin duda, al extranjero?

—No me preguntéis eso—respondió la condesa visiblemente molestada por la curiosidad del aya—. Mathys ha ido esta mañana a hablar con la directora del convento y a anunciarle la llegada de Elena. Si regresa antes de la noche, podréis preguntarle lo que os interesa. Si cree que debe decíroslo, está bien; pero yo le hecho prometer formalmente que callaría el sitio adonde va a ser conducida Elena mañana.

—¡Ah! ¡mañana! ¡tan pronto!

—Mañana, a las diez en punto, vendrá a buscarla un coche de la ciudad. Estaremos ausentes.

—¿Estaremos ausentes durante mucho tiempo, señora? Porque tendré, por supuesto, que preparar algunos equipajes, y llevar ropa para mí.

—Vos permaneceréis a mi lado, Marta.

—¿Y qué mujer acompañará entonces a vuestra hija?

—Ninguna, irá Mathys solamente. Ya está todo concluído y arreglado. Por otra parte, no es lejos, porque Mathys estará de regreso al día siguiente. El sol se ha ocultado ya tras del bosque; id, Marta, a vuestro cuarto y preparad las ropas de Elena. Haré que os lleven dentro de un momento un par de valijas y unas cajas de cartón. Ocupaos en colocar en ellas las cosas de mi hija, para no tener que apresuraros demasiado mañana. Sed discreta, no digáis nada de lo que os he dicho..., y que la loca llore o grite, no os importe, dejadla que grite como si no la oyerais. Es la última vez que os molestará.

Marta salió de la sala con la sonrisa en los labios y murmurando palabras de agradecimiento, pero así que estuvo sola las lágrimas brotaron de sus ojos y se vió obligada a apoyarse en la barandilla de la escalera, porque sus piernas vacilantes se negaban a sostenerla.

En el primer piso se detuvo en medio del pasillo con el pecho jadeante para que su espíritu tuviera tiempo de recogerse y su valor de templarse a fin de preparar a su hija contra el dolor de la separación, o de consolarla con una falsa esperanza. Era una fatalidad implacable que pesaba sobre ella desde que había pisado a Orsdael; tenía que disimular, fingir, mentir siempre, lo mismo a su hija que a sus indignos verdugos.