Permaneció un momento inmóvil, absorta en sus sombríos pensamientos. Luego, de golpe, irguió la cabeza. En sus ojos negros brillaba una especie de altivez dolorosa y una especie de audacia amenazadora, como si lanzara un reto a sus enemigos invisibles; sus facciones contraídas se distendieron de pronto, sin embargo, y su expresión se tornó tranquila y paciente, al dirigirse a pasos lentos al cuarto de Elena; una suave serenidad iluminaba su rostro, y le dijo a la joven que se arrojó desesperada a su cuello con los ojos llenos de lágrimas:
—Vamos, Elena, mi querida hija; no llores así. Tu desesperación no es razonable. Lo que temes, no sucederá.
—¡Oh, Dios sea loado!—exclamó la joven con una risa nerviosa—. Tenía razón en confiar en vuestro maravilloso poder. ¿Habéis convencido a mi madre? ¿Ya no iré al convento? ¿Puedo quedarme con vos? ¡Oh! ¡Gracias, gracias, mi ángel bueno!
—Siéntate, Elena—dijo la viuda conduciéndola hasta una silla—, y trata de escucharme con calma. El día toca a su fin: tengo que trabajar todavía y no me alcanza el tiempo para conversar largo rato contigo. Es cosa resuelta que vayas al convento.
—¡Oh, Marta, mirad cómo tiemblo!
—Haces mal. Escucha lo que voy a decirte. Mañana a las diez, vendrá un coche a buscarte... ¿Por qué te asustas tanto? No hay la menor razón para ello. ¿Es acaso tan dulce y agradable la vida en este estrecho calabozo?
—Con vos, Marta, este obscuro cuarto es para mí un paraíso en la tierra.
—Estarás seguramente mejor en el convento.
—¡Oh! Entonces, Marta, ¿vienes conmigo? Sí, sí, estoy contenta. ¡Si pudiera irme en seguida de este sitio en que he sufrido tanto!
—Es cierto, hija mía, pero seguramente no partiré en el mismo coche que tú y no me verás en todo el viaje... ¿Te pones pálida otra vez? Trata de dominar tu espanto.