—¡Por amor de Dios, no me engañéis, Marta!
—¿Cuándo os he engañado?
—¡Jamás!... ¡Jamás!... perdonadme esta duda. No sé lo que me pasa, tengo el corazón oprimido, apenas puedo respirar, tiemblo de pies a cabeza; una voz secreta me dice que voy a perderos para siempre. ¡Antes preferiría morir, Marta, a no volveros a ver más!
La viuda, aunque su corazón sangraba cruelmente, dulcificó aún más la voz y trató de calmar a la joven, asegurándole que no se separaría nunca de ella y que estaría siempre a su lado para quererla y protegerla. Por fin, cuando creyó haberlo conseguido agregó:
—Pues bien, Elena, ya que este viaje te asusta tanto, todavía creo que lo podré impedir. El intendente salió esta mañana y volverá tarde esta noche. Espiaré su vuelta e iré a verlo en su cuarto. Por medio de él quizá consiga que tu madre vuelva sobre su decisión. Si esta última tentativa no da resultado, es preciso que demuestres que tienes valor y juicio, y que no dificultes mi protección con tu debilidad. Sube al coche, déjate conducir sin quejas ni resistencias; aunque tengas que pasar algunos días sin mí en el convento, soporta con paciencia esta corta ausencia, segura de que me tendrás pronta a tu lado, más abnegada y poderosa que antes. Es posible, Elena, que tus enemigos hayan querido prepararte una existencia dolorosa en el convento, pero debes saber que tengo bastante amor y fuerzas para triunfar de su maldad.
Marta consiguió, por fin, fingiendo una confianza absoluta, dar a su hija el valor necesario. Elena prometió que haría el viaje sin quejarse, retemplada por la idea de que su protectora estaría presente en el momento de la partida para alentarla y sostenerla.
Era tiempo de que la joven fuera a acostarse y tratara de descansar después del golpe terrible que su corazón había recibido. Los consuelos y las predicciones del aya le habían hecho esperar que su existencia sería menos amarga en el convento que en el castillo de Orsdael.
La viuda salió después de abrazar tiernamente a Elena.
Apenas hubo Marta cerrado la puerta, la expresión de su rostro cambió por completo. Las señales de espanto reaparecieron alrededor de sus labios, y sus ojos abiertos sondeaban los espacios con una especie de extravío, su propio pensamiento la arrastraba, y, sin embargo, era ese mismo pensamiento el que, hacía un instante, le había inspirado el valor de arrojar a sus enemigos un victorioso reto. Ahora parecía vacilar y retroceder ante la ejecución, aunque la felicidad de su hija fuera el premio de su audacia.
Su cuarto estaba casi a obscuras; el crepúsculo de la noche no permitía distinguir los objetos, sino como formas grises...