De pronto lanzó un grito extraño; su resolución era ya inquebrantable.

—Soy madre—se dijo—; Dios me perdonará.

Corrió con precipitación febricitante hacia el cuarto del intendente, se dejó caer sobre la puerta, apoyó contra ella el hombro, se arqueó sobre las piernas, contrajo los músculos para vencer el obstáculo de la cerradura. La puerta había sido sin duda mal cerrada, porque se abrió al primer empuje. Un grito ronco salió de la garganta de la viuda semienloquecida. Saltó hacia el cofre de hierro, tanteó por todas partes la cerradura, la sacudió temblando y jadeando, bramó de desesperación cuando comprendió que era imposible violentarla. Sin embargo, en aquel cofre había un objeto, un escrito cuya posesión hubiera comprado al precio de su sangre. La libertad de su hija, su derecho de madre, su felicidad, sólo estaban separados de sus manos trémulas, por las delgadas paredes de aquel cofre; ¡y tendría que dejarlo allí, que renunciar a toda esperanza y sucumbir bajo el peso de su impotencia! Pero no se dió por vencida aún. Acudió a la chimenea y tomó las pinzas de hierro. Se arrojó al suelo delante del cofre, introdujo el instrumento con una violencia insensata, entre la tapa y la cerradura, se apoyó con tal fuerza contra las tenazas, que las dobló, como si fueran de plomo. Sudaba copiosamente; jadeaba como si un gran peso le oprimiera el pecho; su corazón latía con furia. Nada, todo era inútil.

Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta sintió con terror inexplicable que tenía sangre en las manos.

Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto, cayendo sin conocimiento en una silla.

Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada y como aniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su espíritu, comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad extrema, si no existía algún último medio de continuar su lucha contra el destino.

¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y emprendería la fuga con ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a dónde iría? ¿No la perseguirían y muy luego darían con ella? La pondrían en la cárcel... Y, ¿cuál sería la suerte de su pobre Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, le declararía su nombre y reclamaría su derecho de madre sobre la joven? No podía probar ese derecho, la única prueba estaba en poder de sus enemigos y a la menor sospecha destruirían infaliblemente ese testimonio. ¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a través de los bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le indicaría el camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que ella?

La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos suspiros. La atroz convicción de que la puerta de la casa de sanidad iba a cerrarse sobre su hija querida, le oprimía el corazón y hacía correr por todo su cuerpo un frío glacial.

Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte, una inspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente con un rayo de alegría en los ojos.

—Sí—exclamó—, lo que voy a intentar sería culpable en otra circunstancia de mi vida, pero no me es dado escoger, debo salvar a todo precio la vida de mi hija.