V
Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente llegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvo delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápida carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo y llamó; la puerta se abrió en seguida.
—Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?
—Sí, señor, os está esperando—le respondieron.
A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de la sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas premiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.
—¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?—exclamó la condesa—, ¡qué sudoroso y pálido estáis!
—Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.
—Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar, Mathys!
—Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a una legua de aquí.
—¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?