—¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?

—Jamás, a menos que lo pidáis.

—¡Entonces, no tendrá que esperar poco!—dijo la condesa restregándose las manos—. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es el campo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declarada loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará de ella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa de sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o de enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, ¿qué recompensa tendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.

—¿Un puñado de dinero?—dijo la señora de Bruinsteen, riendo de incredulidad—. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda del Estado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, en vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, no os envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no es cierto?

—El molino de agua—repitió el intendente—. ¿Y qué hay con eso?

—Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

—En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?

—Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyas la mano de la condesa.