—¡Ay, señora, qué generosa sois!—dijo—. Ahora ya no deploro todo lo que he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja? ¿Irrevocablemente, en plena propiedad?

—Es decir—respondió la condesa—que tendréis el usufructo y gozaréis de los arriendos.

—Ya me parecía—dijo el intendente con amarga decepción.

—Sois injusto, Mathys—observó la señora de Bruinsteen—. Hago todo lo que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua será vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la renta y los réditos. Es una bonita renta anual.

—Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favor el año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os estorba el camino?

—No, no temáis nada, Mathys.

—¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

—Ciertamente que sí.

—Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

—¿Qué escrito?—murmuró inquieta la condesa—. ¿Un escrito de mi mano?