—Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinero bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la granja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.
—Pero—dijo la condesa con cólera mal contenida—, si la casualidad hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sin embargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndome un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra dependencia.
Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:
—Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguaje halagüeño me hacían prever que queríais engañarme. Cuál puede ser vuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partida peligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso. Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaría decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.
—Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósito secreto—dijo la condesa con tono suave y humilde—. Mi único proyecto era recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer esta noticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua será vuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamente de este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejaré satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar ahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano. Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys; vais a quedar sorprendido de mi generosidad.
El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente la escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho la condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donación que podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultaba aquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscaba algún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesa que poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papeles estaban encerrados en el cofre de hierro?
Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner la llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y se detuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Había entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de ello.
De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que se deslizaba en el piso.
—¿Sois vos, Marta?—dijo—. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie? Son cerca de las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa benévola atención, querida amiga.
Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, y mientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y le condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y se sentó a su lado, junto a la mesa.