—¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéis temblar.

—Hablad despacio, que nadie nos oiga—dijo Marta con voz sofocada—. Un gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida... Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es cierto que una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menor indiscreción, a la justicia?

El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si no comprendiera bien lo que se le preguntaba.

—¡Quiera Dios que me hayan engañado!—prosiguió Marta—. ¡Oh Mathys, hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la penosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Me pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien acusan de haber cometido un crimen.

—¡Cómo! ¿qué decís?—exclamó el intendente palideciendo—. ¿Un crimen? ¿Y os referís a mí?

—¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa de vuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afecto que me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado que sois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de un testigo inocente, mediante alguna cobarde traición.

—No os comprendo—balbuceó el intendente.

—Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, pero dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, y a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais dueño de vos, os perderéis irremisiblemente.

—Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.

—¿Y hablar en voz baja?