—Muy baja.

—Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de un gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéis demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

—¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me han calumniado.

—Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad de vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me ocultéis la verdad.

—Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?

Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:

—Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?

Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo, después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:

—Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?

—Eso no está bien, señor—dijo Marta con un tono de triste reproche—. Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, a lo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si os parece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestro casamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañana puede ser deshonrado por una sentencia infamante?