—¡Dios mío! ¿qué decís?—balbuceó el intendente espantado por las palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella le quería arrancar—. Os he prometido confiar ciertos secretos así que estemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?
—Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda la verdad.
—Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con entera franqueza.
Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunos minutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:
—Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial de húsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de Bruselas...
—¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?
—Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos, respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?
—Pues bien, no—suspiró Mathys como si aquella confesión le hubiera atemorizado.
Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado de que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó de una alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con desconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:
—¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que vos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen sin que él ni la condesa supieran nada de antemano.