—¡Mentira, calumnia!—exclamó el intendente.
—¡Chist!—murmuró el aya—, acordaos de vuestra promesa. Yo también creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con la pena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quiero salvaros por gratitud, por abnegación.
—¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?
—¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que conocen el secreto del robo de la niña.
—¿Otras personas? No existen, Marta.
—¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?
—Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.
Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultó su emoción y prosiguió:
—El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que la señora...
—¿La condesa? ¡Es imposible!