—Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.
—Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la haya empujado a hacer tal extravagancia—exclamó Mathys—. ¡Oh! yo lo sabré, tendrá que darme cuenta de su traición.
Y se puso de pie para salir.
Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo diciéndole:
—Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes de oírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.
—Pero es algo incomprensible—murmuró Mathys desalentado—. ¿Entonces ella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puede impulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?
—Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois culpable del robo de la criatura: ¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico, no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?
—No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.
—Quizá hayáis prestado vuestra ayuda—dijo la viuda con dulzura pacífica—, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes de vuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personas que tenían derecho a vuestra obediencia.
—Sí, sí, es así—afirmó Mathys.