—En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, y probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sé todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de vuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infame proyecto formado para perderos.
El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.
Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y la impaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.
—¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futura esposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo su falsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad la cegaran hasta este punto. Marta—agregó—, no puedo pretender que soy inocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo que os sea difícil encontrarme excusas.
—Tened valor, Mathys—dijo la viuda—, yo le he de perdonar mucho al hombre que me ha protegido y defendido.
—Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto censurable?
—La gratitud es un noble sentimiento—murmuró el aya, la cual, previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en discernir de sus palabras la verdad y la mentira.
—Margarita me engañaba, sin embargo—prosiguió el intendente—. Tenía un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.
—¿Y ella no tuvo familia?—interrumpió la viuda.
—Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta, partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.