—¡La hija del oficial de húsares!—suspiró Marta con voz casi ininteligible.
—Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad, porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la compasión que me inspiraba...
—¿Qué os dice?—interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las palabras que recogía de los labios del culpable.
—Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía enriquecerme.
—Pero, ¿qué era lo que os exigía?
—Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre. La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas, partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún, pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición; pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto. Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía ignoraba por completo lo que es el mundo!
Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:
—¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco; el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra pérdida y entregaros a la justicia.
—¿La condesa?—exclamó el intendente.
—Sí, la condesa.