—¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.
—Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.
—¿Lo sabéis?—murmuró el intendente estupefacto.
La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.
—Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad quedo—le dijo con tono misterioso—. Lo que vais a saber os llenará de temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.
—Os doy las gracias por vuestra abnegación—respondió Mathys—, y me felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.
—¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra acusación sería considerada como una acción perversa?
—Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.
—En la caja de hierro—dijo el aya.
—¡No, no es cierto!—exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y de sorpresa.