—¡Dios sea loado!—exclamó—. Conozco un medio infalible para engañarla y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.

—¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi fuerza?—dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica—. No, no, ese tesoro no se separará de mí.

—Os lo suplico, Mathys—dijo la viuda pálida y temblorosa—. Dejadme salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas de vuestros enemigos.

El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con el tono de una resolución irrevocable:

—Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto en el que nadie lo descubrirá.

Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba en la última extremidad, se había desvanecido.

En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!

Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no había razón alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por medio de suspiros y sollozos.