—¿Hombres pagados para atacarme?—preguntó el intendente, cuyo espíritu conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche—. ¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

—Completamente segura.

—Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y me haré acompañar por gente segura.

—Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del documento, no lo dudéis...

—En ese caso no saldré.

—¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría inspirar sospechas e impedir su reclusión.

—Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.

—¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!—exclamó Marta con ansiedad simulada—. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa nunca, jamás.

—¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en manos de la condesa?

Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu, buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie lanzando un grito de alegría.