—¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?
—Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.
—Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré el viaje. De ese modo...
La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció hacer gran impresión en ella.
—Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis—le replicó—. Si no queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver realizados vuestros deseos.
—Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo llevaré conmigo.
—No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro medio de engañarla.
—En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella no...
Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz trémula:
—Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y atacaros...