—¡Buenas noches!—dijo el intendente mirando con fijeza al aya.
Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre, porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso de correr tras ella y recuperar el documento.
Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con una rapidez como si tuviera alas.
Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara, sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.
—¡Oh! ¡Dios mío!—balbuceó—. ¡El reconocimiento de mi derecho de madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce nombre de mi Laura.
Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que la llamaban.
Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un quejido doloroso.
—¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!
Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.
—¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!—dijo la viuda con voz trémula—; calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar tu piedad.