La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la voz, apartó la cabeza y murmuró:
—Pero, ¿quién sois, entonces?
—¿Quién soy? ¿Quién soy?...—repitió la viuda casi loca y con una vehemente imprudencia—. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!
Y retrocedió temblando.
Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:
—No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate, luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana, Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos. Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.
Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.
VI
Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada de una mañana espléndida.
En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abría detrás de la casa de Andrés, el guardabosque. Una sombra de mujer surgió entre los arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, miró con desconfianza hacia todos los lados, trató de penetrar con la mirada la obscuridad gris y se deslizó lentamente hacia la casa del guarda.