Entró en el jardín por una abertura de la cerca, se aproximó a una pequeña ventana, golpeó en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada a los vidrios:
—¡Catalina! ¡Catalina!
Abrióse la puerta.
—¿Sois vos, Marta?—dijo la mujer del guardabosque, sorprendida—¡Dios mío! ¡y todavía es de noche! ¿Qué es lo que os pasa?
—Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida—balbuceó el aya.
Al cabo de cinco minutos, Catalina abrió la puerta, y apareció junto con su marido en el jardín.
—¡Vos aquí, Marta, a estas horas!—dijo—. ¿Os han obligado a salir del castillo antes que fuera de día?
La viuda le echó los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le murmuró:
—¡Catalina! ¡ah, Catalina! ¡Dios me ha dado la victoria! Que me proteja aún durante algunas horas, y mi Laura será libre para siempre. ¡Hoy podrá llamarme madre, delante de todo el mundo!
—¡Cómo! ¿Qué queréis decir?