—Callaos, Catalina, vuestro marido podría oírnos. Quiero estar sola con vos.

—Vamos, entrad, Andrés cuidará la puerta.

Catalina habló un momento a su marido y luego entró en la casa con la viuda. La condujo a una pieza aparte, cerró la puerta, y le tomó las manos diciendo:

—Aquí nadie puede oírnos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad. ¡Vuestra Laura quedará hoy libre! ¡Quiera Dios que vuestra esperanza se realice!

La viuda le contó en pocas palabras y de prisa lo que había sucedido; cómo habían resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad desconocida; lo que había sufrido ante ese peligro extremo; cómo, inspirada por la desesperación, había osado intentarlo todo, y cómo el intendente, después de una larga resistencia, le había entregado la prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.

Más de una vez, durante aquel rápido relato, Catalina había lanzado, a pesar suyo, un grito de admiración y de triunfo; pero luego, calmada y llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lágrimas de felicidad corrían por sus mejillas, en la obscuridad.

—Calmaos, Catalina, el tiempo para mí es precioso—dijo la viuda—. ¿Comprenderéis ahora por qué vengo aquí? Estando en posesión de este documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa me lo quitarían por la violencia y hasta cometerían un nuevo crimen, si fuera preciso. Yo sólo soy una mujer y necesito del auxilio de los hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de Federico Bergams; su tío es notario y él conoce las leyes. Me dirán lo que tengo que hacer, y vendrán conmigo a Orsdael a oponerse a la partida de Elena. Vive a dos leguas de aquí; es de noche, no conozco los caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede acompañarme y conducirme... No temáis nada, Catalina; es el último sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la lucha, os recompensaré y aseguraré vuestra suerte, hasta el fin de vuestros días...

—¡Vos recompensarme!—dijo Catalina con tristeza—. No está bien que me habléis así. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.

—Ya lo sé, amiga mía; pero vuestro marido no puede ser víctima de vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir de aquí; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, ¡oh Dios mío! ¡si me sorprendieran, podrían todavía arrancar la libreta de mi hija, mi vida!

—Voy a confiaros a mi marido; fiad en él, Marta; llevará su fusil y os defenderá si es necesario a costa de su sangre.