Cuando el guardabosque entró en el cuarto, su mujer le dijo:

—Andrés, es preciso que partas en seguida con el aya. Está encargada de una misión importante, y como es de noche todavía, y los caminos no sean quizá seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompañes.

—Está bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.

—La señora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecerá raro, ¿verdad?

—Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa—respondió el guardabosque, listo para partir.

—Un momento—dijo Catalina—. El mensaje que la señora va a cumplir, es un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media legua de distancia de Orsdael. La llevarás, pues, por caminos apartados y por el bosque.

—Muy bien—dijo el guarda, subiendo una pequeña escalera para ir a vestirse.

—Pero decidme, Marta—murmuró la campesina después de un momento de silencio—. ¿Quién os abrió la puerta del castillo?

—Nadie, Catalina; bajé por la ventana de mi cuarto.

—¡Cómo! ¿desde tan alto? ¡Pero eso es imposible!