—Pues creedme, Catalina—respondió el aya—; así que me encontré sola en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazón, me fué imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia corría por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal convencimiento de que Mathys aparecería para que le devolviera el documento, calculé, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del salto que tendría que dar para escapar de aquel peligro inminente. El menor ruido me hacía temblar, el grito de un pájaro casi me hizo desvanecer de angustia. ¡Oh! tenía en mi pecho la salvación de mi hija y estaba todavía en poder de mis tiranos. No podía permanecer en aquella dolorosa perplejidad, y quizá, ofuscada hasta la locura, por un ruido en el corredor, iba a precipitarme hacia el vacío, cuando se me ocurrió una idea salvadora. Uní las sábanas de la cama con un fuerte nudo, las até a la baranda de la ventana y traté de bajar al suelo. La vehemencia del deseo me prestó una fuerza sobrenatural, y mi ángel bueno me protegió sin duda, porque las sábanas eran demasiado cortas y caí de una gran altura, sin herirme, sin embargo. Después, deslizándome a lo largo de las paredes, corrí hasta el puente. Lo atravesé, eché a andar entre los arbustos y las zarzas hasta que...
La llegada del guardabosque interrumpió su explicación. Andrés descansó despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:
—Señora, estoy pronto; cuando gustéis.
En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras más; después Marta siguió al guarda a través del bosque.
Andrés condujo al aya por senderos cubiertos y dió muchos rodeos para evitar las carreteras. Permanecía silencioso, y sólo hacía alguna advertencia en voz baja, cuando algún paso o algún pozo interceptaba el paso.
Después de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podían distinguirse los objetos a través da la niebla.
—¿No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aquí?—preguntó la viuda.
—No me parece, señora. Todavía es muy temprano—respondió el guarda.
—Si me viese alguien que fuera a Orsdael—suspiró Marta.
—El camino es recto, señora; miraré a lo lejos; si alguien viene nos internaremos en el bosque.