—Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mío; pero antes de mediodía conoceréis la causa.

—No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo demás.

—Están pasando cosas muy extrañas en Orsdael, y pronto se producirán allí sucesos extraordinarios que llenarán a todos de asombro. Vos sois un hombre bueno y fiel y seréis recompensado.

—¡Cosas extrañas! Sí, sí; pero no es cuenta mía... Camináis ligero, señora.

—El mensaje que llevo es urgente, amigo mío; pero si os sentís cansado...

—No, no; es una observación. Puesto que lo deseáis, apresuraré el paso.

El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alargó el paso y continuó con tanta rapidez, que la viuda apenas podía seguirlo, aunque aquella rapidez secundaba sus deseos.

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el silencio y mostrarse reconocida para con su guía; pero éste, creyendo que cumplía, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no respondía sino con un sí o un no y cortaba en seguida la conversación.

Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se vió el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el término de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la naturaleza con su luz esplendorosa.

Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada al hombro, se dirigían al trabajo de los campos. Cuanto más se acercaban a la aldea, más gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya libre del alcance de sus enemigos, no reparó en las miradas de sorpresa de los campesinos y siguió su camino hasta que el guardabosque se detuvo delante de una gran casa y le dijo sonriendo: